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La importancia de tener referentes adecuados

By Mercedes Cano

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Como Coach especializada en igualdad y género (o de cómo la manera en que nos socializan a mujeres y hombres nos condiciona, mediatiza nuestras decisiones y resta oportunidades) me pidieron recientemente que diera mi opinión acerca de la decisión de eliminar de los podios de entrega de premios en las carreras de Fórmula 1, la figura de las “azafatas”.

Aunque pueda parecer trivial y frívolo, el asunto no es menor y ello me lleva a escribir esta reflexión.

El de las azafatas es un referente o modelo que cosifica y relega a la mujer a objeto decorativo. Objeto que sólo existe en función de que hay un hombre importante y triunfador, del que por supuesto, de él sí, conocemos nombre y apellido. Ella sin embargo, no tiene entidad propia, podría ser cualquier otra quien ocupara su lugar, siempre y cuando su aspecto físico cumpla unos cánones estéticos (impuestos por los hombres, claro está)

Es bueno y necesario que nos deshagamos de ese modelo como referente del papel que las mujeres de hoy, jóvenes y sobradamente preparadísimas, pueden llegar a representar en nuestra sociedad actual.

Según comentaron las agencias que contratan a estas mujeres, al hilo de estas informaciones, las azafatas en cuestión hablan varios idiomas y son mujeres de un gran nivel de preparación intelectual. Y lo creo sin dudar. Los estudios y estadísticas que publican todas las consultoras y empresas de análisis demuestran que las mujeres están mejor preparadas intelectualmente que los hombres, se gradúan en las universidades en mayor porcentaje que los hombres, obtenemos mejores calificaciones en los másteres y doctorados y en las oposiciones que se convocan que ellos…

¿Por qué no se destaca entonces esa labor y se muestra solo la parte que las cosifica, que las hace un adorno al lado del hombre poderoso y triunfador?

Mientras esos sean los referentes visibilizados de mujeres, no estaremos construyendo sociedades más igualitarias. Muy al contrario, estaremos contribuyendo a “normalizar” algo que no es normal en absoluto; esa imagen de la mujer en segundo plano, dispuesta a celebrar las gestas del hombre, sin importancia por sí misma y solo con motivos para ser visible en función de su aspecto físico y adornando la escena para mayor gloria del triunfador.

No puede ser casualidad que a esta sociedad “se le haya olvidado” incluir en los libros de texto y en el discurso social que han existido mujeres valiosísimas sin las cuales esta sociedad en la que vivimos actualmente no sería la misma.

Como la española Ángela Ruiz Robles, considerada como la auténtica precursora de las tabletas y eBooks, que creó un libro electrónico capaz de iluminarse para leer en la oscuridad, emitir sonidos o hacer zoom sobre las letras o dibujos.

La norteamericana Grace Murray, que recibió paradójicamente el título de Hombre del Año en Computación por su trabajo en la programación y en el desarrollo del lenguaje COBOL y su carrera militar.

O Stephanie Kwolek, química polaco-estadounidense inventora de la fibra conocida como Kevlar®, que puede ser hasta cinco veces más resistente que el acero y que en la actualidad es utilizada en la elaboración de chalecos antibalas.

O Beulah Louise Henry, que durante su vida patentó alrededor de 50 inventos, entre ellos el refrigerador.

Y tantas otras desde Hipatia de Alejandría, pasando por Christine de Pisan, Olimpia de Gouges, Mary Wollstonecraft, Ida Pfeiffer, Clara Campoamor, Concepción Arenal, María Moliner, Sofonisba Anguissola, por citar solo unas pocas… todo un elenco de maravillosas y valiosas mujeres que destacaron en todos los ámbitos, que han sido ocultadas y que nos han sido robadas como referentes a las mujeres.

Así las cosas, no es extraño que nosotras suframos el llamado  síndrome del impostor, también conocido como síndrome del fraude, en mucha mayor medida que ellos.

Es este un trastorno psicológico por el que las personas exitosas son incapaces de asimilar sus logros, logros que lejos de enorgullecer y alentar, generan un gran miedo en la persona a ser ‘desenmascarada’ como un fraude, como no merecedora de alcanzarlos.

Y sin embargo, es mayor el número de hombres que experimentan el efecto o síndrome DunningKruger, sesgo cognitivo, según el cual los individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren de un sentimiento de superioridad ilusorio, considerándose más inteligentes que otras personas más preparadas y midiendo incorrectamente su habilidad por encima de lo real.

Y en esta construcción de nuestra autopercepción y autoestima, los símbolos juegan un papel muy importante. Su importancia reside en cómo nuestro cerebro recibe la información que nos brindan.

Produce rechazo un discurso en el que de manera directa y hostil alguien nos diga que lo importante es el hombre y sus triunfos y que el papel de las mujeres no tiene gran relevancia. Contra él todas nosotras y muchos hombres nos revelamos y nos mostramos dispuestos a rebatirlo.

Sin embargo lo simbólico se instala en nuestro cerebro sin que nos demos cuenta, de manera sutil  pero inexorable y una vez interiorizado, su influencia en las personas es constante y duradera y actuamos según estas normas sin ser necesariamente conscientes de ellas.

La “normalización” de esos referentes da lugar a la imitación, que permite que lo individual se convierta en social y la sugestión disminuye el espíritu crítico de la persona y permite la aceptación irracional de esos comportamientos como normales, aceptables socialmente, e incluso deseables.

Conclusión; no estamos construyendo una sociedad más igualitaria para mujeres y hombres, sino abundando desde lo simbólico en perpetuar las desigualdades que hoy siguen existiendo.

Tendremos igualdad legal, pero no la tenemos efectiva y como no sigamos trabajando en serio, no llegaremos a conseguirla en mucho tiempo.

Revisemos los libros de texto, citemos a las grandes mujeres que han existido en todas las sociedades, hagamos justicia a las generaciones pasadas de mujeres y seamos justas con las mujeres de ahora y del mañana. No les robemos esos referentes de mujeres poderosas y sabias ni les brindemos esos otros de mujer florero. Apoyemos a las más jóvenes para que entiendan que ellas están llamadas a ocupar los grandes cargos, a hacer los grandes descubrimientos en las ciencias y las matemáticas, a liderar las misiones espaciales, a regir los destinos de las naciones, para que tomen conciencia de que somos importantes y que sin nosotras, se para el mundo.

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