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Liderarse para liderar…

By Mercedes Cano

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¿Puede cualquier persona llegar a convertirse en un/a buen/a líder de otras personas? ¿Es una capacidad innata o algo que se desarrolla?

Existen diferentes opiniones al respecto, pero lo que por encima de cualquier duda me atrevo a defender, es que nadie, absolutamente nadie, podrá ejercer adecuadamente el liderazgo sin haber aprendido primero a liderar su propia existencia.

Y ¿qué significa liderar nuestra existencia? Nada más y nada menos que llevar las riendas de nuestra vida. Vivirla desde el papel de protagonista, no cayendo en la tentación de culpar a otros de nuestras circunstancias ni viviendo en la culpa cuando las cosas no salen como esperábamos. Y por supuesto aprendiendo a reconocernos el mérito cuando sí logramos nuestros objetivos.

¿Cómo se logra algo así? En primer lugar, con auto conocimiento, entendido como la toma de conciencia de quiénes somos, qué es lo que nos mueve, cuáles son nuestras luces y nuestras sombras y abrazando ambas con la misma aceptación y amor incondicional.

En segundo lugar, aprendiendo a definir claramente nuestros objetivos y asumiendo las acciones que nos llevarán a conseguirlo, diseñándolas y llevándolas a cabo desde nuestra zona de control, desde aquello que nosotr@s podemos hacer y no desde lo que otr@s deben cambiar para que nosotr@s lleguemos a donde nos proponemos.

Y en tercer lugar, aprendiendo a gestionar nuestras emociones y responsabilizarnos de ellas. Aprendiendo a escuchar lo que nos dicen cuando aparecen, no suprimiéndolas o avergonzándonos de ellas. Reconociéndolas y aprendiendo a nombrarlas y agradecerles lo que nos revelan acerca de la persona que somos y de lo que necesitamos para sentirnos en armonía con nuestra esencia.

Conocer nuestras fortalezas y no olvidarnos de ellas, nos hace personas seguras. Conocer y aceptar nuestras sombras, amarnos a pesar de ellas, abrazar nuestra vulnerabilidad, eso, nos hace cuasi invencibles.

 

Un/a buen/a líder saber reconocer sus capacidades y utilizarlas sin vanagloriarse de ellas, poniéndolas a disposición del equipo y del objetivo común. Un/a líder excepcional, sabe no avergonzarse de sus áreas de mejora, sabe dónde buscar el contrapunto en sus colaboradores, sabe hacer brillar las fortalezas de los que le rodean y mezclar esos ingredientes para que el resultado sea el beneficio de todo el equipo.

Cuando nos aceptamos como personas vulnerables y falibles, cuando aprendemos a no juzgarnos y a perdonarnos por no ser perfect@s, hemos alcanzado la capacidad de perdonar y ayudar a otr@s a mejorar.

Al mismo tiempo, somos capaces de mostrar nuestra valía con honestidad y sin alardes, lo que nos permite ver y hacer emerger la parte más brillante de quienes que forman parte de nuestro equipo, sin temor, sin envidia, con verdadero sentido del beneficio para el equipo.

Desde ese lugar, los elogios ante una tarea bien hecha y los comentarios menos elogiosos encaminados a aprender de un error cometido y destinados a obtener la mejor versión de nuestro equipo, surgen de manera sincera, honesta y positiva, con verdadera intención de hacer crecer personal y profesionalmente a quienes trabajan con nosotr@s y nos apoyan en nuestro quehacer diario.

Una buena gestión de nuestras emociones nos ayuda a tener una comunicación sana con nosotr@s y con l@s demás.

Nace así un estilo de liderazgo basado en el beneficio de todas las partes, en el que el error se reconoce como algo propio del ser humano y la única forma de aprendizaje y mejora.

Un liderazgo que celebra los aciertos de los miembros del equipo sin envidias ni celos, un liderazgo que permite el crecimiento y avance de de las capacidades ajenas, que no se viven como una amenaza para quien lidera, que ha aceptado de antemano, no ser perfect@ e infalible y que se quiere y se respeta a si mism@ tal como es.

Este punto es de suma importancia ya que recientes estudios apuntan a que un alto porcentaje de directivos y directivas sufren el denominado como “síndrome del impostor” que hace a quien lo padece tener miedo de no estar a la altura y no merecer el cargo que ostenta, asumiendo secretamente que cualquiera lo haría mejor, y teniendo sin embargo que mantener el tipo y aparentar solidez frente a los demás. Por ello, en todo momento les invade el temor a ser descubiertos en su supuesta ignorancia. Es un trastorno especialmente incisivo en mujeres de éxito que sienten su autoridad cuestionada de manera constante.

 

Con demasiada frecuencia, el poder y el éxito generan celos y envidias en los demás, lo que lleva a pensar e incluso verbalizar sin reparos que las personas exitosas han tenido padrinos y no han conseguido el puesto por méritos propios. De nuevo, este comportamiento es especialmente hiriente contra las mujeres.

Se genera entonces en la persona que ostenta el liderazgo, un diálogo interno muy negativo y dañino que puede llevarle a sufrir un nivel de estrés tan alto que le mueva a abandonar el puesto de trabajo o si se trata de optar a una promoción, a no sentir siquiera como una opción el presentar su candidatura.

Para alguien que se conoce, se lidera con sinceridad y autoconfianza, que ejerce el liderazgo desde el auto conocimiento y la autoestima, la aparición de estos temores será menos frecuente y en el caso de que surjan, no derivarán en situaciones de estrés crónico. En esas circunstancias, sabrá recordar:

Que no es perfect@ y no tiene porqué serlo

Aceptará que la mejor manera de aprender es el error.

Sabrá cuáles son sus fortalezas y aceptará los elogios sobre ellas con naturalidad.

Aceptará que los demás puedan saber más que él/ella de algunas cosas. Sabrá elogiarles por ello y poner al servicio del equipo esas capacidades.

Mantendrá un estado de ánimo positivo y procurará generarlo en los demás.

No negará sus emociones ni las de los miembros del equipo.

Este punto es especialmente importante para identificar las emociones del equipo, que no son las mismas que las de sus miembros uno a uno, sino que pertenecen al “alma del equipo”.

Sabrá hacer una buena gestión emocional que contribuye a generar una buena comunicación.

En resumen, un/a líder que abraza su vulnerabilidad y se respeta en sus fortalezas, una persona que se habla a sí misma con amor y respeto y es capaz de perdonarse sin juzgarse en el error, es capaz de manejar adecuadamente esa tasa entre inputs positivos/negativos estudiada por Losada, que permite mantener un campo emocional adecuado entre las personas que forman su equipo.

Un/a líder cuyo ascendente y fuerza de influencia está basado en su autoridad personal y no en la que supuestamente confiere un cargo, es capaz de llevar a su equipo a resultados extraordinarios.

Basándome en lo antedicho, se tenga o no una capacidad inicial de liderazgo, se puede aprender a ser un/a buen/a líder de equipo aprendiendo a ser buen/a líder de uno/a mism@ y cuanto antes empecemos a enseñar a las futuras generaciones a conocerse y liderarse, mejores lideres futuros estaremos formando.

 

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